lunes, 28 de enero de 2013

(Cap. 2) Año 101. Marzo. Frontera Gaterlum - Hambosia



―Esira, madre, protege a tus hijos e hijas que solo quieren proclamar tu Poder allí donde todavía no lo conocen. Perdona por tanto a los que aún no te conocen, y acógelos en tu Casa― susurró Athal.
El hombre arrodillado, extendió su brazo derecho, en el que portaba tres exvotos y los dejó caer al agua de la fuente sagrada. Los tres exvotos, un arquero, un guerrero a caballo y un soldado de infantería, se fueron hundiendo en el agua hasta desaparecer en la negrura de sus profundidades. Se levantó en silencio y abandonó el pequeño recinto del Santuario, acompañado por las cuatro sacerdotisas de Esira que habían permanecido junto a él durante la ceremonia. Él había olvidado su antiguo nombre para tomar el de Athal, fundador de la tribu de los athalos, una de las tres tribus anteriores a la unificación de Dagoria. Sus miembros eran conocidos por ser nobles maestros de la lucha a caballo. Se dice que su destreza era tal, que jinete y caballo llegaban a fundirse en un mismo ser, y era normal, ya que su relación empezaba desde pequeños, criándose juntos, y si alguno de los dos moría, el otro le acompañaba. Detrás de él, salieron las sacerdotisas, cuatro chicas de apenas catorce años ataviadas con una túnica roja donde lucía el símbolo de Dagoria, la garra del halcón imperial, animal sagrado que representa a Esira. Fueron seleccionadas entre las demás por haber nacido con el pelo blanco, una característica física que se le atribuía a Esira, y luego separadas de sus familias para hermanarlas como sacerdotisas de la Diosa. Habían sido enviadas allí para que la Diosa protegiera a  sus hijos en el combate y les concediera la victoria.
Athal salió del Santuario que habían establecido hacía dos días sobre el terreno ganado en los últimos combates a los arkadios, montó a lomos de su caballo y partió hacia el campamento dagoriano seguido por las cuatro sacerdotisas. Nadie diría que tenía treinta y un años, a juzgar por su cara llena de cicatrices, su pelo negro descuidado  y sus ropas desaliñadas; su aspecto no le importaba lo más mínimo, estaba allí para conquistar Gaterlum. Atardecía, sus ojos saltaban de árbol en árbol escudriñando el terreno por el que avanzaba, hasta que se posaron sobre un pequeño promontorio, sonrió e hizo un gesto con su dedo indicando a las sacerdotisas aquella posición. Inmediatamente las cuatro hermanas espolearon a sus caballos en aquella dirección mientras Athal continuaba hacia el campamento. Al llegar a la pequeña colina, las sacerdotisas saltaron de sus caballos todavía en marcha dispuestas a encontrar a quien se encontrara detrás. Los seis arkadios apostados sobre las piedras de la ladera no tuvieron tiempo de reaccionar, todavía estaban preguntándose cómo era posible que no hubieran oído el ruido de los caballos acercándose, cuando vieron a las sacerdotisas a escasos metros de ellos quitándose las capuchas, dejando al descubierto su pelo blanco como la nieve. Ulrik besó su colgante de la suerte y empuñó su espada, mientras  Ottar y Gwen intentaron disparar sus flechas contra ellas, pero no hubo suerte.
― ¡No las miréis a los ojos!― gritó Ulrik con la cara desencajada antes de que su mente se llenara de paz y calma, con imágenes de un halcón imperial surcando el cielo azul. Sus músculos se relajaron y sonrió de felicidad al ver  que su ama también le sonreía.
El resto sufrió la misma suerte, los ojos de las sacerdotisas clavados en los arkadios, les inundaba de felicidad y paz, sus amas por fin les habían rescatado de una vida llena de complicadas decisiones y les habían otorgado el placer de servir a Esira, abandonando su senda impía como adoradores de los falsos dioses arkadios. Solo dos de los seis arkadios no quedaron sometidos a la voluntad de las sacerdotisas. Olaf y Erik echaron a correr sin mirar atrás, conscientes de que aquello era su fin. Olaf cayó fulminado por un flechazo de su amigo Ottar, siguiendo órdenes de su nueva ama. Erik consiguió, sin embargo, llegar a un pequeño bosque cercano, donde poder recuperar fuerzas antes de proseguir, mientras oía como se disponían a perseguirle. Se ocultó detrás del ancho tronco de un árbol y se acuclilló jadeante mientras el corazón le latía a toda velocidad. Ya no se oía nada. Tomó aire, se levantó y giró sobre el árbol para mirar atrás y comprobar la situación. De repente, sintió un dolor agudo en el estómago y se desplomó sobre la espada de Ulrik que le atravesaba. Miró por última vez a su compañero, mientras él le miraba sonriendo, envuelto en un halo de paz y felicidad.
―… ¿Por qué…?― dijo Erik mientras la voz se le apagaba. Solo encontró como respuesta la tonta sonrisa de felicidad de Ulrik, y en un último esfuerzo levantó su mano y le arrancó su colgante de la suerte.

Cuando Athal llegó poco después al campamento, ya empezaba a anochecer, se dirigió a su tienda e hizo llamar a sus capitanes para comunicarles sus órdenes. Más de tres mil dagorianos llevaban meses intentando penetrar por la frontera sur de la provincia arkadia de Gaterlum, pero el avance les había resultado muy lento, al ser hostigados constantemente por tribus arkadias. Se quitó la armadura de cuero tachonado que llevaba, se sirvió una copa de vino y se puso delante del mapa que habían confeccionado los exploradores. Tras hacer las ofrendas correspondientes a Esira y comprobar que no había ningún contingente enemigo en la retaguardia del campamento, solo quedaba avanzar.
―Vamos a presentar batalla en esta llanura de aquí― dijo Athal cuando llegaron los capitanes, señalando un lugar en el mapa a una hora escasa a caballo desde el campamento.
―De acuerdo señor, mañana mismo empezaremos a prepararnos para el combate― dijo uno de los capitanes. Los demás lo miraron, Athal no era conocido precisamente por ser previsible ni por ser paciente.
―Mañana es cuando quiero que Gaterlum sea parte de Dagoria, como siempre debería haber sido. Atacaremos esta noche― zanjó Athal de forma tajante.
Los capitanes salieron de la tienda sin rechistar y empezaron a dar órdenes a diestro y siniestro, rompiendo la tranquila calma del campamento. El propio Athal salió de su tienda con la armadura de batalla, ya preparado para agilizar las tareas de movilización. En unas horas estaba todo dispuesto y los soldados empezaron a agruparse en unidades tácticas a las órdenes de Athal y sus capitanes; tres unidades de cuatrocientos infantes, una unidad de trescientos arqueros, y dos unidades de caballería, una de doscientos y otra de trescientos. En el campamento se quedarían mil soldados por si a los arkadios les daba por atacar la retaguardia. Athal esperaba que desplegando a su ejército en la llanura que había seleccionado el ejército arkadio lo atacara, de otro modo, se vería obligado a asaltar poblado a poblado causando el mayor daño posible para forzar el enfrentamiento directo. Al cabo de dos horas el ejército dagoriano ya se encontraba en la llanura, la enorme luna llena alumbraba con su luz blanca la llanura, las colinas  y los bosques aledaños y una suave niebla cubría el suelo poco a poco a la espera de que los arkadios acudieran a la cita. Tras hacerse esperar unas horas, el ejército arkadio apareció en el horizonte organizando sus unidades en una gran colina cercana, interponiéndose entre los dagorianos y el poblado arkadio de Castelum. Las tropas arkadias estaban comandadas por Knut Smidur, un corpulento arkadio de dos metros, de tez morena y pocas palabras. Con cuarenta y tres años sabía cómo debilitar a los dagorianos hasta matarlos de desesperación, pero en aquella ocasión deberían combatir en campo abierto. Había ordenado a mil trescientos soldados destruir el campamento enemigo para que cuando los dagorianos huyeran del combate, no tuvieran donde esconderse. No obstante, hacía unos días había enviado a seis hombres a recabar información sobre la retaguardia enemiga, pero no habían vuelto, así que había tenido que arriesgar enviando las tropas a ciegas.
El estandarte arkadio, verde, con el árbol de la vida, y el dagoriano, rojo, con la garra negra del halcón imperial resplandecían a la luz de la luna, al igual que las armas y armaduras de los contendientes. La niebla, ahora algo más densa rodeaba a los soldados de ambos ejércitos envolviéndolos en un halo de misterio. Los caballos relinchaban intranquilos y un silencio tenso cubría aquella llanura. Athal, al frente de su caballería, distinguió en lo alto de la colina la figura de dos metros del imponente Knut en el centro de sus tropas.
―Ya es la hora, ¡avanzar!― comunico Athal a uno de sus capitanes, e inmediatamente sonó un cuerno que daba la primera orden de la batalla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario