―Esira, madre, protege a tus hijos e hijas
que solo quieren proclamar tu Poder allí donde todavía no lo conocen. Perdona
por tanto a los que aún no te conocen, y acógelos en tu Casa― susurró Athal.
El hombre arrodillado, extendió su brazo
derecho, en el que portaba tres exvotos y los dejó caer al agua de la fuente
sagrada. Los tres exvotos, un arquero, un guerrero a caballo y un soldado de
infantería, se fueron hundiendo en el agua hasta desaparecer en la negrura de
sus profundidades. Se levantó en silencio y abandonó el pequeño recinto del
Santuario, acompañado por las cuatro sacerdotisas de Esira que habían
permanecido junto a él durante la ceremonia. Él había olvidado su antiguo
nombre para tomar el de Athal, fundador de la tribu de los athalos, una de las
tres tribus anteriores a la unificación de Dagoria. Sus miembros eran conocidos
por ser nobles maestros de la lucha a caballo. Se dice que su destreza era tal,
que jinete y caballo llegaban a fundirse en un mismo ser, y era normal, ya que
su relación empezaba desde pequeños, criándose juntos, y si alguno de los dos
moría, el otro le acompañaba. Detrás de él, salieron las sacerdotisas, cuatro
chicas de apenas catorce años ataviadas con una túnica roja donde lucía el
símbolo de Dagoria, la garra del halcón imperial, animal sagrado que representa
a Esira. Fueron seleccionadas entre las demás por haber nacido con el pelo
blanco, una característica física que se le atribuía a Esira, y luego separadas
de sus familias para hermanarlas como sacerdotisas de la Diosa. Habían sido
enviadas allí para que la Diosa protegiera a sus hijos en el combate y les concediera la
victoria.
Athal salió del Santuario que habían
establecido hacía dos días sobre el terreno ganado en los últimos combates a
los arkadios, montó a lomos de su caballo y partió hacia el campamento
dagoriano seguido por las cuatro sacerdotisas. Nadie diría que tenía treinta y
un años, a juzgar por su cara llena de cicatrices, su pelo negro descuidado y sus ropas desaliñadas; su aspecto no le
importaba lo más mínimo, estaba allí para conquistar Gaterlum. Atardecía, sus
ojos saltaban de árbol en árbol escudriñando el terreno por el que avanzaba,
hasta que se posaron sobre un pequeño promontorio, sonrió e hizo un gesto con
su dedo indicando a las sacerdotisas aquella posición. Inmediatamente las
cuatro hermanas espolearon a sus caballos en aquella dirección mientras Athal
continuaba hacia el campamento. Al llegar a la pequeña colina, las sacerdotisas
saltaron de sus caballos todavía en marcha dispuestas a encontrar a quien se
encontrara detrás. Los seis arkadios apostados sobre las piedras de la ladera
no tuvieron tiempo de reaccionar, todavía estaban preguntándose cómo era
posible que no hubieran oído el ruido de los caballos acercándose, cuando
vieron a las sacerdotisas a escasos metros de ellos quitándose las capuchas,
dejando al descubierto su pelo blanco como la nieve. Ulrik besó su colgante de
la suerte y empuñó su espada, mientras
Ottar y Gwen intentaron disparar sus flechas contra ellas, pero no hubo
suerte.
― ¡No las miréis a los ojos!― gritó Ulrik con
la cara desencajada antes de que su mente se llenara de paz y calma, con
imágenes de un halcón imperial surcando el cielo azul. Sus músculos se
relajaron y sonrió de felicidad al ver que
su ama también le sonreía.
El resto sufrió la misma suerte, los ojos de
las sacerdotisas clavados en los arkadios, les inundaba de felicidad y paz, sus
amas por fin les habían rescatado de una vida llena de complicadas decisiones y
les habían otorgado el placer de servir a Esira, abandonando su senda impía
como adoradores de los falsos dioses arkadios. Solo dos de los seis arkadios no
quedaron sometidos a la voluntad de las sacerdotisas. Olaf y Erik echaron a
correr sin mirar atrás, conscientes de que aquello era su fin. Olaf cayó
fulminado por un flechazo de su amigo Ottar, siguiendo órdenes de su nueva ama.
Erik consiguió, sin embargo, llegar a un pequeño bosque cercano, donde poder
recuperar fuerzas antes de proseguir, mientras oía como se disponían a
perseguirle. Se ocultó detrás del ancho tronco de un árbol y se acuclilló
jadeante mientras el corazón le latía a toda velocidad. Ya no se oía nada. Tomó
aire, se levantó y giró sobre el árbol para mirar atrás y comprobar la
situación. De repente, sintió un dolor agudo en el estómago y se desplomó sobre
la espada de Ulrik que le atravesaba. Miró por última vez a su compañero,
mientras él le miraba sonriendo, envuelto en un halo de paz y felicidad.
―… ¿Por qué…?― dijo Erik mientras la voz se
le apagaba. Solo encontró como respuesta la tonta sonrisa de felicidad de
Ulrik, y en un último esfuerzo levantó su mano y le arrancó su colgante de la
suerte.
Cuando Athal llegó poco después al campamento,
ya empezaba a anochecer, se dirigió a su tienda e hizo llamar a sus capitanes para
comunicarles sus órdenes. Más de tres mil dagorianos llevaban meses intentando
penetrar por la frontera sur de la provincia arkadia de Gaterlum, pero el avance
les había resultado muy lento, al ser hostigados constantemente por tribus
arkadias. Se quitó la armadura de cuero tachonado que llevaba, se sirvió una copa
de vino y se puso delante del mapa que habían
confeccionado los exploradores. Tras hacer las ofrendas correspondientes a
Esira y comprobar que no había ningún contingente enemigo en la retaguardia del
campamento, solo quedaba avanzar.
―Vamos a presentar batalla en esta llanura de
aquí― dijo Athal cuando llegaron los capitanes, señalando un lugar en el mapa a
una hora escasa a caballo desde el campamento.
―De acuerdo señor, mañana mismo empezaremos a
prepararnos para el combate― dijo uno de los capitanes. Los demás lo miraron,
Athal no era conocido precisamente por ser previsible ni por ser paciente.
―Mañana es cuando quiero que Gaterlum sea
parte de Dagoria, como siempre debería haber sido. Atacaremos esta noche― zanjó
Athal de forma tajante.
Los capitanes salieron de la tienda sin
rechistar y empezaron a dar órdenes a diestro y siniestro, rompiendo la
tranquila calma del campamento. El propio Athal salió de su tienda con la
armadura de batalla, ya preparado para agilizar las tareas de movilización. En
unas horas estaba todo dispuesto y los soldados empezaron a agruparse en
unidades tácticas a las órdenes de Athal y sus capitanes; tres unidades de
cuatrocientos infantes, una unidad de trescientos arqueros, y dos unidades de
caballería, una de doscientos y otra de trescientos. En el campamento se
quedarían mil soldados por si a los arkadios les daba por atacar la
retaguardia. Athal esperaba que desplegando a su ejército en la llanura que
había seleccionado el ejército arkadio lo atacara, de otro modo, se vería
obligado a asaltar poblado a poblado causando el mayor daño posible para forzar
el enfrentamiento directo. Al cabo de dos horas el ejército dagoriano ya se
encontraba en la llanura, la enorme luna llena alumbraba con su luz blanca la
llanura, las colinas y los bosques aledaños
y una suave niebla cubría el suelo poco a poco a la espera de que los arkadios
acudieran a la cita. Tras hacerse esperar unas horas, el ejército arkadio
apareció en el horizonte organizando sus unidades en una gran colina cercana,
interponiéndose entre los dagorianos y el poblado arkadio de Castelum. Las
tropas arkadias estaban comandadas por Knut Smidur, un corpulento arkadio de
dos metros, de tez morena y pocas palabras. Con cuarenta y tres años sabía cómo
debilitar a los dagorianos hasta matarlos de desesperación, pero en aquella
ocasión deberían combatir en campo abierto. Había ordenado a mil trescientos
soldados destruir el campamento enemigo para que cuando los dagorianos huyeran del
combate, no tuvieran donde esconderse. No obstante, hacía unos días había
enviado a seis hombres a recabar información sobre la retaguardia enemiga, pero
no habían vuelto, así que había tenido que arriesgar enviando las tropas a
ciegas.
El estandarte arkadio, verde, con el árbol de
la vida, y el dagoriano, rojo, con la garra negra del halcón imperial
resplandecían a la luz de la luna, al igual que las armas y armaduras de los
contendientes. La niebla, ahora algo más densa rodeaba a los soldados de ambos
ejércitos envolviéndolos en un halo de misterio. Los caballos relinchaban
intranquilos y un silencio tenso cubría aquella llanura. Athal, al frente de su
caballería, distinguió en lo alto de la colina la figura de dos metros del imponente
Knut en el centro de sus tropas.
―Ya es la hora, ¡avanzar!― comunico Athal a
uno de sus capitanes, e inmediatamente sonó un cuerno que daba la primera orden
de la batalla.
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