Amanecía. Los rayos de sol comenzaban a
despuntar por encima de las montañas y de las copas de los árboles, deshaciendo
con suavidad las nubes grises que la noche anterior habían dejado una delicada
capa de rocío sobre los prados; su calor empezaba a templar el ambiente frio
que acompañaba el inicio de la primavera. Con las primeras luces, las gotas de
lluvia empezaban a desperezarse entre las hojas de los árboles donde se habían tendido,
y los pájaros empezaban a moverse en busca de comida para sus crías.
Lesoon Kaizas observaba
melancólico aquella escena con los ojos entreabiertos, apostado en la aspillera de la torre norte. Había pasado media noche oteando
el horizonte intentando divisar las norteñas tierras de Ibolka, donde nació, recordando
su niñez y su triste adolescencia. Con su imaginación paseaba como niño por las
calles de su ciudad natal, jugaba con sus compañeros y compañeras, asistía a
sus padres y se recreaba evocando los marrones ojos de Stenna. Luego pensaba en
otros momentos menos gratos como la muerte de sus padres durante un ataque
arkadio, y la larga enfermedad de Stenna víctima de unas fiebres; lo hacía para
convencerse de que él no había podido evitar nada de aquello y era el fatídico
destino que los Tres le habían otorgado. ¿De verdad no podemos hacer nada para
evitar la desgracia en nuestras vidas? ¿Por qué los tres dioses permitían que
esas cosas sucedieran? ¿Acaso lo había merecido?
Dejó de pensar de golpe pasándose una mano
por la cara y suspirando. Se levantó, observó que el sol ya se encontraba
completamente fuera, y que empezaba a oírse cierto movimiento en la torre. Se
levantó, apagó las antorchas de la habitación, se ajustó el manto y abrió la puerta.
Mientras bajaba los dos pisos hasta la salida fue devolviendo el saludo a los guardias
de la torre. Desde hacía un año había sido nombrado Magistrado Máximo junto a Iceatin Lubbo y Eterindu Bilino, los tres juntos
gobernaban la ciudad como los Tres Dioses, Admes, Basha y Talos, que gobernaban
el cielo. Sus veintiséis años y su
dedicación por la ciudad le habían valido el reconocimiento de las ciudadanas y
ciudadanos de Kobentria. Se paró antes de salir para hablar con el guardia.
―Sosian, estad atentos a cualquier movimiento
en el horizonte, no quiero sorpresas.
―Muy bien señor―dijo golpeando su pecho con
el puño derecho.
―Si hay movimiento quiero que me aviséis de
inmediato.
―Así se hará Magistrado.
Lesoon abandonó
la torre norte satisfecho con la actitud del guardia. Hacía dos días habían
avistado un grupo de salteadores arkadios merodeando cerca de la muralla pero
no se había notificado ninguna petición de
auxilio, robo o desperfecto en la provincia. Los arkadios eran
personajes rudos, corpulentos y orgullosos de sí mismos, que acostumbraban a
reconocer territorios que les eran desconocidos o de los que pensaban que
podrían obtener algún tipo de beneficio, ya fuera explotándolo o saqueándolo.
Estos grupos eran dirigidos por jefes tribales por propia iniciativa, según
decían, al margen de las decisiones de Kodran Hersir, rey de Arkadia, por lo
que en caso de que actuaran de forma inadecuada, el Reino de Arkadia podía
condenar los actos de un jefe en concreto, imponiéndole un castigo, que luego
seguramente no cumpliría.
Dirigió sus pasos a la parte alta de la
ciudad, al Palacio Supremo de Tiberia. Un magnífico edificio construido en
mármol blanco, rodeado de columnas lisas rematadas con capiteles decorados con formas
de leones, el animal sagrado de Tiberia. Al entrar saludó a los guardias que al
reconocerle separaron de inmediato sus alabardas cruzadas, para dejarle entrar.
Atravesó el patio y subió las escaleras con decisión para acceder a la Sala de
la Magistratura; una amplia habitación con dos mesas largas y con las paredes
cubiertas por estanterías llenas de libros. Dentro le esperaban sus compañeros
de Magistratura; Iceatin Lubbo, una mujer de veinticinco años, morena y de
aspecto altivo; y Eterindu Bilino, un hombre castaño de treinta años, de voz
afónica, de mentalidad práctica y algo tozudo.
Juntos dedicaron buena parte de la mañana a
tratar los temas de la ciudad. Eterindu expuso de forma seca que había que
intensificar el acopio de materias primas, especialmente de madera y metal, algo que sin duda era importante para el
Reino, pero también para los negocios del propio Eterindu. No obstante, era cierto
que durante el invierno se había consumido mucho metal para crear herramientas
y madera con la que calentarse, así que a sus compañeros les pareció bien su
propuesta. Luego habló sobre la necesidad de fomentar la natalidad ahora que la
ciudad se encontraba en calma y con algunos excedentes en alimentos, gracias a
las excelentes cosechas del año anterior. Además desde la construcción de los
muros de la ciudad hacía diez años, Kobentria se había vuelto una ciudad
bastante segura e incluso un buen lugar para vivir. Tanto es así, que cada vez
más eran las tribus libres, que emigraban de sus lugares de origen para buscar
una nueva vida dentro de este reino. Iceatin y Lossan estaban de acuerdo con
Eterindu, y dispusieron que se asegurara la comida y los recursos para todas
las familias de la ciudad, especialmente si tenían hijos o hijas. Además se
reforzaría la seguridad en las tres provincias de Tiberia, tanto dentro de las
ciudades como en los poblados extramuros.
Iceatin relató la llegada de un anciano sureño
de nombre Crátilo, que todas las mañanas se dedicaba a vocear por la ciudad,
contando las benevolencias y virtudes de una Diosa madre de todo lo que conocemos,
una Diosa todopoderosa. Tal anciano afirmaba que esa Diosa, sería madre de
nuestros dioses Admes, Basha y Talos; que su poder es enorme y fue ella nuestra
creadora. Iceatin reflexionaba sobre esto mientras sus compañeros negaban con
la cabeza.
―Otro charlatán―dijo Lesson.
―Este al menos solo se ha tenido que inventar
una Diosa, hay quienes predican 30 o 40 dioses, uno para cada cosa―bromeó tímidamente
Eterindu.
Iceatin miró de soslayo a Eterindu pensando
en lo forzado del comentario, pero no dijo nada.
―Mientras esa Diosa no sea Esira, por mí, no
hay problema. De otro modo tendríamos que considerarlo como una intromisión
dagoriana en nuestro asuntos, y por tanto, como una ofensa― apuntó Iceatin.
Zanjaron que mientras el viejo no causara
problemas en la ciudad lo dejarían expresar su locura tranquilamente.
Lesson habló finalmente para dar parte de los
movimientos de salteadores arkadios en las provincias de Turenia y Kobentria.
Se habían avistado al menos cinco de estos grupos merodeando por tierras tiberianas,
pero sin causar problemas, al menos aparentemente. Penetraban por la frontera
al alba y se retiraban rápidamente al ocaso.
―Quizá la guerra entre Arkadia y Dagoria está
desplazando algunas tribus hacia nosotros―comentó Iceatin.
―Quizá, pero no podemos estar seguros del
todo. Lo mejor será tenerlos bien vigilados y que no nos pillen desprevenidos―
sugirió Lesson.
―Ya habéis oído lo que el propio Lesson ha
expuesto, no han habido problemas…― añadió Eterindu.
―Aún― matizó Lesson mientras Iceatin movía la
cabeza afirmando.
―… pero también es cierto que no podemos
consentir que los arkadios campen a sus anchas por Tiberia. No es bueno ni para
los ciudadanos y ciudadanas, ni para los negocios.― terminó Eterindu
Así pues, se llegó al acuerdo de proteger
mejor la frontera y vigilar a los grupos arkadios que penetraran en Tiberia, lo
que puso fin a la reunión. Las puertas de madera de la Sala de la Magistratura
se abrieron y entraron una fila de empleados domésticos portando bandejas de
plata llenas de comida. Las dejaron en la mesa libre y se marcharon para dejar
a los Magistrados Máximos comer y cerrar los últimos detalles de los temas que
habían tratado.
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