La primavera desplegaba todo su poder y con
ella, una explosión de colores, olores y sabores llenaba todo el Reino de
Tiberia. Las campesinas y campesinos habían estado trabajando duro, desde que
acabara el invierno, para preparar los campos, los árboles y los animales. Los
mercados se llenaban otra vez de frutas, verduras, carnes, quesos, mieles,
bayas, plantas medicinales y otros productos. Los mercaderes comerciaban con
madera y piedra para construir nuevos edificios, con metales y trinium para fabricar
herramientas y armas, o con telas y tintes para las túnicas, capas y otras
ropas de los ciudadanos y ciudadanas de Tiberia. Las monedas se gastaban casi
tan rápido como se ganaban y un ambiente de felicidad y progreso inundaba
Kobentria.
Iceatin se levantó de la cama. Llevaba un
rato despierta repasando sus tareas y por fin se había decidido a empezar el
día y afrontar de buena gana lo que Basha le deparara. La suave tela adamascada,
que le había servido de sábana durante la noche, se deslizó impúdicamente por
su cuerpo dejándolo completamente al descubierto e iluminado por el sol matinal
que ya entraba por las amplias ventanas de la habitación. Nisunin, observaba su
esbelto cuerpo también desnuda, mientras la miraba de forma pícara incitándola
a quedarse junto a ella, para continuar con las caricias y los besos que el
amanecer había puesto fin.
― Nisu, he de marcharme ya si quiero
encontrar a ese tal Crátilo.
Perdóname. ― dijo Iceatin mirando a su compañera mientras se vestía con su
túnica.
Nisunin sabía que tenía razón. Ella misma
había sido Magistrada Máxima, hacía apenas un par
de meses, y la responsabilidad que sus conciudadanos y conciudadanas habían
depositado en ella, le hacían dedicarse por entero a sus obligaciones. No
obstante, y gracias a Basha, ella ya no ocupaba ese cargo y podía dedicarse por
completo a sus intereses, pero tenía que entender que Iceatin tenía muchas
responsabilidades. Se levantó y se dirigió al centro de la habitación, donde se
encontraba una pequeña bañera, vertió el contenido de una jarra de cerámica en
el agua templada, e inmediatamente la habitación se llenó de un fresco perfume
floral. Iceatin sonreía mirándola, consciente de sus intenciones, pero era la
hora de hablar con Crátilo y no podía demorarse más. Así que se acercó a Nisunin,
que ya se encontraba dentro de la bañera, y le dio un beso en los labios
mientras le pasaba una mano entre sus pechos. Después de eso, y sin más
dilación, abandonó la habitación, bajó las escaleras hasta la planta principal
de su casa, cruzó el peristilo y puso rumbo al Foro.
― Es Gaïa la madre de todos los dioses y
diosas, creadora del mundo que lleva su nombre, hacedora de hombres y mujeres,
omnipotente y omnipresente. Ella sabe de
vuestras necesidades y escucha vuestras peticiones. ― relataba Crátilo mirando
a sus alumnos y alumnas.
Iceatin se acercó disimuladamente al grupo
reunido en torno al anciano, en una de las esquinas del Foro.
― Maestro, ¿Cómo sabemos de qué forma debemos
actuar para que Gaïa nos considere dignos hijos suyos ?― preguntó un chico.
― Durante mi estancia en el monte Kurian,
Gaïa me explicó que ante cualquier acción, podemos actuar de dos formas:
haciendo el Bien o haciendo el Mal. Dependiendo del camino que tomemos,
obtendremos un resultado u otro a nuestros actos. Gaïa es la justicia y por
ello, nos recompensará en la vida por nuestros buenos actos y nos castigará por
los malos.― explicó Crátilo mientras observaba como sus alumnas y alumnos
sonreían felices al conocer aquella verdad.
― ¿Y quién decide lo que es Bueno o Malo? ―
intervino decidida Iceatin. El resto de asistentes se giró para observar a la
nueva participante. Iceatin había tomado la precaución de dejarse su estola identificativa
como Magistrada Máxima para pasar desapercibida.
― ¡Gaïa, por supuesto!, sin duda para
cualquier mortal es fácil saber cuándo actúa bien o mal. Es Gaïa, que habita en
nuestra alma, la que nos lo susurra.―
contestó Crátilo contento.
― Y supongo que Gaïa no estará sola, tendrá
algún representante en la tierra, alguien que guie a sus fieles.
― Ante Gaïa somos todos y todas iguales. Ella
vive dentro nuestro, solo tenemos que escucharla. Ella nos guía por el camino
del Bien y nos aleja del Mal. ¿Quién no la ha oído alguna vez? ¿Quién no ha
sido tentado por el Mal y no ha sido advertido por Gaïa? ― añadió Crátilo. Las
personas concentradas miraban con admiración a aquel anciano delgado de mediana
estatura, barba, pelo blanco y pequeños ojos verdes. Su voz tranquila y firme,
expulsaba aquellas frases de forma melódica acompañándolas de seguros
movimientos con los brazos.
― Las cuestiones humanas son más complejas
que ese reduccionismo del Bien y el Mal. Nuestros dioses reconocen nuestra
diversidad de acción y valoran nuestra libertad. Ese camino único del Bien del
que hablas, consiste en atar a la gente a la voluntad de otras personas. ―
intervino Iceatin.
― Gaïa, la Madre de todos y todas, sabrá
perdonar a quien camine por el recto sendero del Bien y ponga fin a su vida
vacía y llena de excusas para obviar lo que es correcto. ― respondió Crátilo
dirigiéndose a su público. Se había acercado más gente de la plaza, conforme la
discusión había ido en aumento y ahora los y las asistentes, empezaban a
levantarse sonrientes para abrazar al anciano.
Iceatin apretó los dientes y maldijo a aquel
hombre que malinterpretaba sus palabras y ganaba adeptos y adeptas tan
rápidamente con sus palabras envenenadas. Habría querido seguir dialogando con
aquel hombre hasta hacer ver a la gente sus intenciones, de cómo sus seguidores
y seguidoras iban a pasar a las órdenes de alguien que iba a decidir por ellos
y ellas que era lo correcto o lo incorrecto; pero el repentino punto y final de
aquella concentración la había interrumpido, obligándola a parar. Se levantó y
se separó de aquel grupo, y fue alejándose mientras le daba vueltas a lo
ocurrido.
Por la noche, como todos los días, Crátilo se
dirigió sigilosamente a casa de su amigo Alucio Touto. Caminaba por las calles
de Kobentria cubierto por una túnica morada casi negra, evitando las antorchas
que iluminaban el camino y los guardias que hacían su ronda. Precisamente el
que nadie conociera donde se alojaba, era algo que traía de cabeza a Iceatin,
que no se explicaba cómo o porque, aquel anciano sureño aparecía y desaparecía
de la ciudad de forma tan misteriosa.
Alucio y él se habían conocido hacía unos nueve
años, cuando Sakarbik Gorisan y Enserume Touto aún gobernaban en Tiberia.
Alucio, era hermano de Enserume, y por aquel entonces formaba parte de la
Corte. Nueve años atrás, Dagoria, Arkadia y Tiberia se encontraban en guerra,
tras la unificación dagoriana. Tiberia y
Dagoria estaban asfixiando a Arkadia militarmente, pero el rey Sakarbik tenía
problemas en sus propios territorios, su pueblo, enloquecido, se estaba
organizando para deponerlo. Hasta la guerra contra Arkadia estaba en peligro al
sucederse las deserciones en masa del ejército tiberiano. Así que Alucio viajó
al sur por primera vez, para reclutar mercenarios tâsam, que protegieran al Rey
Sakarbik y le ayudaran a conquistar Warascum y Elasgund. Se reunió con todas las tribus tâsam, para que
le prestaran su apoyo a cambio de dinero, pero la división entre ellas impidió
que un gran número de soldados le acompañara. Crátilo, al que en su tierra
natal llamaban Qatil, recordaba que por aquel entonces, recomendó al impetuoso
Alucio utilizar una estrategia más poderosa que la guerra, la fe. Claro que
entonces él solo era el quinto hijo del jefe de la tribu kurian, y su padre no
compartía su opinión. Alucio no hizo caso de Qatil, pero sí de su padre y
reclutó un pequeño contingente tâsam que fue suficiente para tomar Warascum,
pero insuficiente para proteger a Sakarbik y su familia, que murieron al ser
asaltado el Palacio Real por el pueblo tiberiano, dos años más tarde.
Crátilo se paró frente a la puerta de Alucio
y miró a ambos lados para asegurarse de que nadie le viera entrar. Luego, llamó
a la puerta con cuatro golpes, que fueron respondidos por dos golpes desde
dentro, y a los que él volvió a contestar con un nuevo golpe. Entonces la
puerta se abrió, una muchacha muy servicial volvió a cerrar la puerta y pasó el
cerrojo. Lo acompañó al interior de la vivienda y le señaló una puerta. ― Hemos
localizado a Orn ― dijo sonriente Sigurd cuando Crátilo entró.
No hay comentarios:
Publicar un comentario