lunes, 28 de enero de 2013

(Cap. 4) Año 101. Abril. Kobentria, Tiberia.



La primavera desplegaba todo su poder y con ella, una explosión de colores, olores y sabores llenaba todo el Reino de Tiberia. Las campesinas y campesinos habían estado trabajando duro, desde que acabara el invierno, para preparar los campos, los árboles y los animales. Los mercados se llenaban otra vez de frutas, verduras, carnes, quesos, mieles, bayas, plantas medicinales y otros productos. Los mercaderes comerciaban con madera y piedra para construir nuevos edificios,  con metales y trinium para fabricar herramientas y armas, o con telas y tintes para las túnicas, capas y otras ropas de los ciudadanos y ciudadanas de Tiberia. Las monedas se gastaban casi tan rápido como se ganaban y un ambiente de felicidad y progreso inundaba Kobentria.
Iceatin se levantó de la cama. Llevaba un rato despierta repasando sus tareas y por fin se había decidido a empezar el día y afrontar de buena gana lo que Basha le deparara. La suave tela adamascada, que le había servido de sábana durante la noche, se deslizó impúdicamente por su cuerpo dejándolo completamente al descubierto e iluminado por el sol matinal que ya entraba por las amplias ventanas de la habitación. Nisunin, observaba su esbelto cuerpo también desnuda, mientras la miraba de forma pícara incitándola a quedarse junto a ella, para continuar con las caricias y los besos que el amanecer había puesto fin.
― Nisu, he de marcharme ya si quiero encontrar a ese tal Crátilo. Perdóname. ― dijo Iceatin mirando a su compañera mientras se vestía con su túnica.
Nisunin sabía que tenía razón. Ella misma había sido Magistrada Máxima, hacía apenas un             par de meses, y la responsabilidad que sus conciudadanos y conciudadanas habían depositado en ella, le hacían dedicarse por entero a sus obligaciones. No obstante, y gracias a Basha, ella ya no ocupaba ese cargo y podía dedicarse por completo a sus intereses, pero tenía que entender que Iceatin tenía muchas responsabilidades. Se levantó y se dirigió al centro de la habitación, donde se encontraba una pequeña bañera, vertió el contenido de una jarra de cerámica en el agua templada, e inmediatamente la habitación se llenó de un fresco perfume floral. Iceatin sonreía mirándola, consciente de sus intenciones, pero era la hora de hablar con Crátilo y no podía demorarse más. Así que se acercó a Nisunin, que ya se encontraba dentro de la bañera, y le dio un beso en los labios mientras le pasaba una mano entre sus pechos. Después de eso, y sin más dilación, abandonó la habitación, bajó las escaleras hasta la planta principal de su casa, cruzó el peristilo y puso rumbo al Foro.
― Es Gaïa la madre de todos los dioses y diosas, creadora del mundo que lleva su nombre, hacedora de hombres y mujeres, omnipotente y omnipresente.  Ella sabe de vuestras necesidades y escucha vuestras peticiones. ― relataba Crátilo mirando a sus alumnos y alumnas.
Iceatin se acercó disimuladamente al grupo reunido en torno al anciano, en una de las esquinas del Foro.
― Maestro, ¿Cómo sabemos de qué forma debemos actuar para que Gaïa nos considere dignos hijos suyos ?― preguntó un chico.
― Durante mi estancia en el monte Kurian, Gaïa me explicó que ante cualquier acción, podemos actuar de dos formas: haciendo el Bien o haciendo el Mal. Dependiendo del camino que tomemos, obtendremos un resultado u otro a nuestros actos. Gaïa es la justicia y por ello, nos recompensará en la vida por nuestros buenos actos y nos castigará por los malos.― explicó Crátilo mientras observaba como sus alumnas y alumnos sonreían felices al conocer aquella verdad.
― ¿Y quién decide lo que es Bueno o Malo? ― intervino decidida Iceatin. El resto de asistentes se giró para observar a la nueva participante. Iceatin había tomado la precaución de dejarse su estola identificativa como Magistrada Máxima para pasar desapercibida.
― ¡Gaïa, por supuesto!, sin duda para cualquier mortal es fácil saber cuándo actúa bien o mal. Es Gaïa, que habita en nuestra alma, la que nos lo  susurra.― contestó Crátilo contento.
― Y supongo que Gaïa no estará sola, tendrá algún representante en la tierra, alguien que guie a sus fieles.
― Ante Gaïa somos todos y todas iguales. Ella vive dentro nuestro, solo tenemos que escucharla. Ella nos guía por el camino del Bien y nos aleja del Mal. ¿Quién no la ha oído alguna vez? ¿Quién no ha sido tentado por el Mal y no ha sido advertido por Gaïa? ― añadió Crátilo. Las personas concentradas miraban con admiración a aquel anciano delgado de mediana estatura, barba, pelo blanco y pequeños ojos verdes. Su voz tranquila y firme, expulsaba aquellas frases de forma melódica acompañándolas de seguros movimientos con los brazos.
― Las cuestiones humanas son más complejas que ese reduccionismo del Bien y el Mal. Nuestros dioses reconocen nuestra diversidad de acción y valoran nuestra libertad. Ese camino único del Bien del que hablas, consiste en atar a la gente a la voluntad de otras personas. ― intervino Iceatin.
― Gaïa, la Madre de todos y todas, sabrá perdonar a quien camine por el recto sendero del Bien y ponga fin a su vida vacía y llena de excusas para obviar lo que es correcto. ― respondió Crátilo dirigiéndose a su público. Se había acercado más gente de la plaza, conforme la discusión había ido en aumento y ahora los y las asistentes, empezaban a levantarse sonrientes para abrazar al anciano.
Iceatin apretó los dientes y maldijo a aquel hombre que malinterpretaba sus palabras y ganaba adeptos y adeptas tan rápidamente con sus palabras envenenadas. Habría querido seguir dialogando con aquel hombre hasta hacer ver a la gente sus intenciones, de cómo sus seguidores y seguidoras iban a pasar a las órdenes de alguien que iba a decidir por ellos y ellas que era lo correcto o lo incorrecto; pero el repentino punto y final de aquella concentración la había interrumpido, obligándola a parar. Se levantó y se separó de aquel grupo, y fue alejándose mientras le daba vueltas a lo ocurrido.


Por la noche, como todos los días, Crátilo se dirigió sigilosamente a casa de su amigo Alucio Touto. Caminaba por las calles de Kobentria cubierto por una túnica morada casi negra, evitando las antorchas que iluminaban el camino y los guardias que hacían su ronda. Precisamente el que nadie conociera donde se alojaba, era algo que traía de cabeza a Iceatin, que no se explicaba cómo o porque, aquel anciano sureño aparecía y desaparecía de la ciudad de forma tan misteriosa.
Alucio y él se habían conocido hacía unos nueve años, cuando Sakarbik Gorisan y Enserume Touto aún gobernaban en Tiberia. Alucio, era hermano de Enserume, y por aquel entonces formaba parte de la Corte. Nueve años atrás, Dagoria, Arkadia y Tiberia se encontraban en guerra, tras la unificación dagoriana.  Tiberia y Dagoria estaban asfixiando a Arkadia militarmente, pero el rey Sakarbik tenía problemas en sus propios territorios, su pueblo, enloquecido, se estaba organizando para deponerlo. Hasta la guerra contra Arkadia estaba en peligro al sucederse las deserciones en masa del ejército tiberiano. Así que Alucio viajó al sur por primera vez, para reclutar mercenarios tâsam, que protegieran al Rey Sakarbik y le ayudaran a conquistar Warascum y Elasgund.  Se reunió con todas las tribus tâsam, para que le prestaran su apoyo a cambio de dinero, pero la división entre ellas impidió que un gran número de soldados le acompañara. Crátilo, al que en su tierra natal llamaban Qatil, recordaba que por aquel entonces, recomendó al impetuoso Alucio utilizar una estrategia más poderosa que la guerra, la fe. Claro que entonces él solo era el quinto hijo del jefe de la tribu kurian, y su padre no compartía su opinión. Alucio no hizo caso de Qatil, pero sí de su padre y reclutó un pequeño contingente tâsam que fue suficiente para tomar Warascum, pero insuficiente para proteger a Sakarbik y su familia, que murieron al ser asaltado el Palacio Real por el pueblo tiberiano, dos años más tarde.
Crátilo se paró frente a la puerta de Alucio y miró a ambos lados para asegurarse de que nadie le viera entrar. Luego, llamó a la puerta con cuatro golpes, que fueron respondidos por dos golpes desde dentro, y a los que él volvió a contestar con un nuevo golpe. Entonces la puerta se abrió, una muchacha muy servicial volvió a cerrar la puerta y pasó el cerrojo. Lo acompañó al interior de la vivienda y le señaló una puerta. ― Hemos localizado a Orn ― dijo sonriente Sigurd cuando Crátilo entró.

(Cap. 3) Año 101. Marzo. Poblado de Hersia, Elasgund, Arkadia.



Aquella casa enorme de madera con planta rectangular y dos alturas, estaba construida sobre las raíces de un titánico árbol bicentenario de fuertes ramas y vigorosas hojas verdes. Algunos de sus brazos más bajos se separaban perpendiculares al tronco y habían sido utilizados como vigas para la Casa. El Árbol de la Vida cobijaba la Casa del Rey de los arkadios y ellos lo veneraban por eso. Dentro, Kodran Hersir dictaba leyes y administraba recursos materiales y humanos para su pueblo, amparado por la sabiduría del Árbol de la Vida.
Aún no había amanecido, pero Akkia ya llevaba varias horas despierta. Ocultándose en las sombras y aprovechando el cambio de guardia, se acababa de colar en la casa del mismísimo Kodran, sabía que si la pillaban se llevaría un buen castigo, pero no le importaba, solo quería ver a su tío. Su madre había muerto cuando ella nació y su padre, Thordis, apenas pasaba tiempo con ella, ya que prefería dedicarse a sus asuntos como uno de los tres señores de Elasgund. Gracias a la ayuda y protección de su tío, el Rey, no le había faltado nada nunca, pero apenas recordaba las veces que había podido verlo o hablar con él. Separó las maderas que la noche anterior había desclavado y se abrió paso al interior de la vivienda. Al entrar un fuerte olor dulzón la sorprendió, dudó por un instante en proseguir, pero se tapó la nariz y la boca con la capa para no respirar aquel olor tan fuerte que le hacía marearse. Se encontraba en una especie de almacén con cajas y tinajas,  nada que le interesara, así que decidió buscar otra habitación. Atravesó un pequeño pasillo lleno de puertas a ambos lados y entró por una de ellas al azar,  asegurándose antes de que no se oyera nada en su interior. Estaba en una estancia amplia llena de armas, armaduras y escudos, así que supuso que sería la armería. La casa estaba en silencio, solo se oía el crujir de la madera y el aire que entraba por las ventanas. Allí el olor era más intenso, un humo gris se colaba entre los listones de madera de las paredes, y su penetrante olor dulzón empezaba a ser una verdadera molestia, por lo que Akkia tuvo que embozarse aún más mientras intentaba adivinar su procedencia y su utilidad. Pensaba esto cuando oyó que, tras llamar a la puerta de la casa, varios hombres entraban y se dirigían sin contemplaciones a una habitación adyacente a la que ella se encontraba. Akkia se acercó sigilosamente a una de las paredes de la armería, la cual tenía una celosía en la parte superior. Entonces se subió a un tronco de árbol que había en el suelo para ver quiénes eran aquellos hombres y contemplar la escena. Ante sus ojos, tres hombres enmascarados, de entre treinta y cuarenta años, armados con espadas cortas y armadura, hicieron una breve reverencia al Rey, que ya se encontraba en aquella estancia sentado.
―Mi señor, Knut  no puede continuar hostigando durante más tiempo al ejército dagoriano, debemos atacar― dijo tajantemente Sigurd  mientras permanecía de pie, tenso frente al Rey.
―Okrar aún no me ha dado su aprobación…― dijo Kodran de forma tranquila. Su tío estaba sentado en una imponente silla de madera con bajorrelieves y tenía un aspecto adormilado posiblemente a causa del humo que llenaba la habitación. Con una mano sujetaba una copa y con la otra hacía gestos ridículos y alocados. ―…debemos esperar― añadió casi con desgana.
Los tres hombres que tenía delante, se miraron asombrados. Ivar agitaba la cabeza desaprobando la actitud del rey y Hrolf agarraba del brazo a Sigurd al ver que su enfado había aumentado.
―Señor… no podemos permitir…― empezó a decir Hrolf, pero fue interrumpido por un hombrecillo anciano y delgaducho, del cual Akkia aún no se había percatado y que se encontraba al lado de su tío. Ataviado con una túnica morada casi negra, con la cabeza cubierta por una capucha que no dejaba ver su cara, se proyectaba como una sombra negra a la derecha de la silla del Rey.
―El Rey todavía no ha sido visitado por el Dios de la Guerra― dijo el hombrecillo con tono grave y entrecortado, mientras clavaba sus ojos verdes en Hrolf. ―Sin embargo Kayya, nuestra Diosa Madre, ha continuado insistiendo a nuestro señor, de la importancia de encontrar al hijo de Durnia y Sakarbik― añadió dirigiéndose a los tres, mientras el Rey asentía de forma tonta a las palabras de aquel anciano.
Al oír el nombre de su madre, un escalofrío recorrió el cuerpo de Akkia. Los pensamientos se le amontonaron en la cabeza y la capa que le cubría la cara se le escurrió entre los dedos. Un segundo después ya era tarde para darse cuenta del error que había cometido, el humo dulzón que salía de la habitación contigua le invadió la cabeza y las fuerzas le abandonaron mientras se desplomaba. Cayó encima de unos escudos, que sonaron estruendosamente. Sigurd, Ivar y Hrolf, no tardaron en presentarse en la armería para comprobar lo que había producido aquel ruido, allí encontraron inconsciente a la joven sobrina del Rey, sobre un lecho de escudos y con una herida en la cabeza.
― ¡Es intolerable que esta espía esté aquí, burlando nuestra seguridad y escuchando lo que decimos! Quién sabe cuánto ha escuchado y qué habría hecho con esa información si no la hubiéramos descubierto­­― dijo acaloradamente Sigurd con cara de desprecio.
― Mide tus palabras, Sigurd, te recuerdo que no es una espía, es la sobrina del Rey. Es solo una niña curiosa, no puedes basarte en los chismorreos de la gente, para hacer unas acusaciones tan graves ― Puntualizó Ivar protegiendo con su cuerpo a la chica.
 Hrolf observaba atento y silencioso la escena, preparado por si tenía que intervenir separando a aquellos dos hombres.
― Sabes perfectamente de quien es hija esta espía, ¿y aun así la proteges? Bastante indulgentes hemos sido, durante años, permitiéndole vivir en nuestro Reino.― añadió Sigurd.
La puerta se abrió y entró el anciano consejero del Rey. Observó a la chica, la conocía de sobra, era la muchacha que tarde o temprano acabaría por ser Reina de Arkadia si él fracasaba en su empresa. A pesar de ello, el pueblo no le tenía mucho cariño a causa de unos rumores que la marcaban como hija del dictador tiberiano Sakarbik, y le atribuían un hermano traidor, hijo también de Sakarbik y Durnia. El tiempo se agotaba para sus propósitos al mismo ritmo que la vida de Kodran se iba apagando, debía encontrar a Orn, el hermano de esa chiquilla entrometida, lo antes posible, pensaba mientras se acariciaba la barba blanca. Aunque todos lo daban por muerto, él tenía la certeza de que estaba vivo, pero no sabía dónde encontrarlo. Mientras tanto, controlar al rey Kodran, manteniéndolo drogado, era la prioridad. Cuando encontrara a Orn, lo presentaría como el legítimo heredero al trono de Arkadia, podría sugerirle una alianza con su hermanastra Imelda de Dagoria y apoderarse de Tiberia apelando a su derecho de sucesión.
Akkia seguía inconsciente en el suelo, mientras los cuatro hombres decidían que hacer con ella. Sigurd insistió en lo grave de aquella situación, forzando al resto a adoptar una medida de castigo. Él mismo sugirió que la encarcelarán por un delito de espionaje en la Casa del Rey de los Arkadios, a lo que Ivar se opuso rotundamente. Por otro lado, Hrolf se mostró partidario de un castigo menos severo y el viejo consejero Jaddir se mantuvo al margen. Durante más de media hora, discutieron acaloradamente  sobre el castigo que la joven merecía, acordándose finalmente que fuera enviada a la fortaleza de su padre, lord Thordis, al norte de Warascum.
El sol ya estaba casi desapareciendo en el horizonte pero a pesar de ello, algunas montañas podían verse todavía iluminadas por el rojizo sol del atardecer, mientras las sombras de la noche y el frio, empezaban a cernirse sobre aquel lugar. El carro donde Akkia iba dormida, se desplazaba rápido por el camino de piedra que rodeaba una pequeña montaña, intentando llegar a su destino antes de que anocheciera completamente.  Aunque ya faltaba muy poco, Ivar y los dos arkadios que iban en el carro, estaban ansiosos por terminar su misión sin que hubiera ningún problema. Ivar cabalgaba junto al carro con una mano en la espada y la otra en las riendas, pero portando del antebrazo su escudo redondo.  Terminaron de rodear la montaña, y atravesaron la llanura que los separaba de la fortaleza, casi ya sin apenas luz. Las antorchas de la fortaleza estaban encendidas iluminando las murallas de piedra y en lo alto de las almenas, los guardias hacían su ronda arco en mano. Se aproximaron al portón principal donde hondeaba el pendón de lord Thordis y esperaron.
― Bienvenido lord Ivar, es un placer tenerle aquí. ― El portón se cerró.
― Gracias ¿Dónde está tu señor?― preguntó Ivar al guardia.
― Mi señor se encuentra en sus aposentos, en breve les atenderá.

(Cap. 2) Año 101. Marzo. Frontera Gaterlum - Hambosia



―Esira, madre, protege a tus hijos e hijas que solo quieren proclamar tu Poder allí donde todavía no lo conocen. Perdona por tanto a los que aún no te conocen, y acógelos en tu Casa― susurró Athal.
El hombre arrodillado, extendió su brazo derecho, en el que portaba tres exvotos y los dejó caer al agua de la fuente sagrada. Los tres exvotos, un arquero, un guerrero a caballo y un soldado de infantería, se fueron hundiendo en el agua hasta desaparecer en la negrura de sus profundidades. Se levantó en silencio y abandonó el pequeño recinto del Santuario, acompañado por las cuatro sacerdotisas de Esira que habían permanecido junto a él durante la ceremonia. Él había olvidado su antiguo nombre para tomar el de Athal, fundador de la tribu de los athalos, una de las tres tribus anteriores a la unificación de Dagoria. Sus miembros eran conocidos por ser nobles maestros de la lucha a caballo. Se dice que su destreza era tal, que jinete y caballo llegaban a fundirse en un mismo ser, y era normal, ya que su relación empezaba desde pequeños, criándose juntos, y si alguno de los dos moría, el otro le acompañaba. Detrás de él, salieron las sacerdotisas, cuatro chicas de apenas catorce años ataviadas con una túnica roja donde lucía el símbolo de Dagoria, la garra del halcón imperial, animal sagrado que representa a Esira. Fueron seleccionadas entre las demás por haber nacido con el pelo blanco, una característica física que se le atribuía a Esira, y luego separadas de sus familias para hermanarlas como sacerdotisas de la Diosa. Habían sido enviadas allí para que la Diosa protegiera a  sus hijos en el combate y les concediera la victoria.
Athal salió del Santuario que habían establecido hacía dos días sobre el terreno ganado en los últimos combates a los arkadios, montó a lomos de su caballo y partió hacia el campamento dagoriano seguido por las cuatro sacerdotisas. Nadie diría que tenía treinta y un años, a juzgar por su cara llena de cicatrices, su pelo negro descuidado  y sus ropas desaliñadas; su aspecto no le importaba lo más mínimo, estaba allí para conquistar Gaterlum. Atardecía, sus ojos saltaban de árbol en árbol escudriñando el terreno por el que avanzaba, hasta que se posaron sobre un pequeño promontorio, sonrió e hizo un gesto con su dedo indicando a las sacerdotisas aquella posición. Inmediatamente las cuatro hermanas espolearon a sus caballos en aquella dirección mientras Athal continuaba hacia el campamento. Al llegar a la pequeña colina, las sacerdotisas saltaron de sus caballos todavía en marcha dispuestas a encontrar a quien se encontrara detrás. Los seis arkadios apostados sobre las piedras de la ladera no tuvieron tiempo de reaccionar, todavía estaban preguntándose cómo era posible que no hubieran oído el ruido de los caballos acercándose, cuando vieron a las sacerdotisas a escasos metros de ellos quitándose las capuchas, dejando al descubierto su pelo blanco como la nieve. Ulrik besó su colgante de la suerte y empuñó su espada, mientras  Ottar y Gwen intentaron disparar sus flechas contra ellas, pero no hubo suerte.
― ¡No las miréis a los ojos!― gritó Ulrik con la cara desencajada antes de que su mente se llenara de paz y calma, con imágenes de un halcón imperial surcando el cielo azul. Sus músculos se relajaron y sonrió de felicidad al ver  que su ama también le sonreía.
El resto sufrió la misma suerte, los ojos de las sacerdotisas clavados en los arkadios, les inundaba de felicidad y paz, sus amas por fin les habían rescatado de una vida llena de complicadas decisiones y les habían otorgado el placer de servir a Esira, abandonando su senda impía como adoradores de los falsos dioses arkadios. Solo dos de los seis arkadios no quedaron sometidos a la voluntad de las sacerdotisas. Olaf y Erik echaron a correr sin mirar atrás, conscientes de que aquello era su fin. Olaf cayó fulminado por un flechazo de su amigo Ottar, siguiendo órdenes de su nueva ama. Erik consiguió, sin embargo, llegar a un pequeño bosque cercano, donde poder recuperar fuerzas antes de proseguir, mientras oía como se disponían a perseguirle. Se ocultó detrás del ancho tronco de un árbol y se acuclilló jadeante mientras el corazón le latía a toda velocidad. Ya no se oía nada. Tomó aire, se levantó y giró sobre el árbol para mirar atrás y comprobar la situación. De repente, sintió un dolor agudo en el estómago y se desplomó sobre la espada de Ulrik que le atravesaba. Miró por última vez a su compañero, mientras él le miraba sonriendo, envuelto en un halo de paz y felicidad.
―… ¿Por qué…?― dijo Erik mientras la voz se le apagaba. Solo encontró como respuesta la tonta sonrisa de felicidad de Ulrik, y en un último esfuerzo levantó su mano y le arrancó su colgante de la suerte.

Cuando Athal llegó poco después al campamento, ya empezaba a anochecer, se dirigió a su tienda e hizo llamar a sus capitanes para comunicarles sus órdenes. Más de tres mil dagorianos llevaban meses intentando penetrar por la frontera sur de la provincia arkadia de Gaterlum, pero el avance les había resultado muy lento, al ser hostigados constantemente por tribus arkadias. Se quitó la armadura de cuero tachonado que llevaba, se sirvió una copa de vino y se puso delante del mapa que habían confeccionado los exploradores. Tras hacer las ofrendas correspondientes a Esira y comprobar que no había ningún contingente enemigo en la retaguardia del campamento, solo quedaba avanzar.
―Vamos a presentar batalla en esta llanura de aquí― dijo Athal cuando llegaron los capitanes, señalando un lugar en el mapa a una hora escasa a caballo desde el campamento.
―De acuerdo señor, mañana mismo empezaremos a prepararnos para el combate― dijo uno de los capitanes. Los demás lo miraron, Athal no era conocido precisamente por ser previsible ni por ser paciente.
―Mañana es cuando quiero que Gaterlum sea parte de Dagoria, como siempre debería haber sido. Atacaremos esta noche― zanjó Athal de forma tajante.
Los capitanes salieron de la tienda sin rechistar y empezaron a dar órdenes a diestro y siniestro, rompiendo la tranquila calma del campamento. El propio Athal salió de su tienda con la armadura de batalla, ya preparado para agilizar las tareas de movilización. En unas horas estaba todo dispuesto y los soldados empezaron a agruparse en unidades tácticas a las órdenes de Athal y sus capitanes; tres unidades de cuatrocientos infantes, una unidad de trescientos arqueros, y dos unidades de caballería, una de doscientos y otra de trescientos. En el campamento se quedarían mil soldados por si a los arkadios les daba por atacar la retaguardia. Athal esperaba que desplegando a su ejército en la llanura que había seleccionado el ejército arkadio lo atacara, de otro modo, se vería obligado a asaltar poblado a poblado causando el mayor daño posible para forzar el enfrentamiento directo. Al cabo de dos horas el ejército dagoriano ya se encontraba en la llanura, la enorme luna llena alumbraba con su luz blanca la llanura, las colinas  y los bosques aledaños y una suave niebla cubría el suelo poco a poco a la espera de que los arkadios acudieran a la cita. Tras hacerse esperar unas horas, el ejército arkadio apareció en el horizonte organizando sus unidades en una gran colina cercana, interponiéndose entre los dagorianos y el poblado arkadio de Castelum. Las tropas arkadias estaban comandadas por Knut Smidur, un corpulento arkadio de dos metros, de tez morena y pocas palabras. Con cuarenta y tres años sabía cómo debilitar a los dagorianos hasta matarlos de desesperación, pero en aquella ocasión deberían combatir en campo abierto. Había ordenado a mil trescientos soldados destruir el campamento enemigo para que cuando los dagorianos huyeran del combate, no tuvieran donde esconderse. No obstante, hacía unos días había enviado a seis hombres a recabar información sobre la retaguardia enemiga, pero no habían vuelto, así que había tenido que arriesgar enviando las tropas a ciegas.
El estandarte arkadio, verde, con el árbol de la vida, y el dagoriano, rojo, con la garra negra del halcón imperial resplandecían a la luz de la luna, al igual que las armas y armaduras de los contendientes. La niebla, ahora algo más densa rodeaba a los soldados de ambos ejércitos envolviéndolos en un halo de misterio. Los caballos relinchaban intranquilos y un silencio tenso cubría aquella llanura. Athal, al frente de su caballería, distinguió en lo alto de la colina la figura de dos metros del imponente Knut en el centro de sus tropas.
―Ya es la hora, ¡avanzar!― comunico Athal a uno de sus capitanes, e inmediatamente sonó un cuerno que daba la primera orden de la batalla.

(Cap. 1) Año 101. Marzo. Kobentria, capital de Tiberia




Amanecía. Los rayos de sol comenzaban a despuntar por encima de las montañas y de las copas de los árboles, deshaciendo con suavidad las nubes grises que la noche anterior habían dejado una delicada capa de rocío sobre los prados; su calor empezaba a templar el ambiente frio que acompañaba el inicio de la primavera. Con las primeras luces, las gotas de lluvia empezaban a desperezarse entre las hojas de los árboles donde se habían tendido, y los pájaros empezaban a moverse en busca de comida para sus crías.
Lesoon Kaizas observaba melancólico aquella escena con los ojos entreabiertos, apostado en la aspillera de la torre norte. Había pasado media noche oteando el horizonte intentando divisar las norteñas tierras de Ibolka, donde nació, recordando su niñez y su triste adolescencia. Con su imaginación paseaba como niño por las calles de su ciudad natal, jugaba con sus compañeros y compañeras, asistía a sus padres y se recreaba evocando los marrones ojos de Stenna. Luego pensaba en otros momentos menos gratos como la muerte de sus padres durante un ataque arkadio, y la larga enfermedad de Stenna víctima de unas fiebres; lo hacía para convencerse de que él no había podido evitar nada de aquello y era el fatídico destino que los Tres le habían otorgado. ¿De verdad no podemos hacer nada para evitar la desgracia en nuestras vidas? ¿Por qué los tres dioses permitían que esas cosas sucedieran? ¿Acaso lo había merecido?
Dejó de pensar de golpe pasándose una mano por la cara y suspirando. Se levantó, observó que el sol ya se encontraba completamente fuera, y que empezaba a oírse cierto movimiento en la torre. Se levantó, apagó las antorchas de la habitación, se ajustó el manto y abrió la puerta. Mientras bajaba los dos pisos hasta la salida fue devolviendo el saludo a los guardias de la torre. Desde hacía un año había sido nombrado Magistrado Máximo junto a Iceatin Lubbo y Eterindu Bilino, los tres juntos gobernaban la ciudad como los Tres Dioses, Admes, Basha y Talos, que gobernaban el cielo. Sus veintiséis años  y su dedicación por la ciudad le habían valido el reconocimiento de las ciudadanas y ciudadanos de Kobentria. Se paró antes de salir para hablar con el guardia.
―Sosian, estad atentos a cualquier movimiento en el horizonte, no quiero sorpresas.
―Muy bien señor­―dijo golpeando su pecho con el puño derecho.
―Si hay movimiento quiero que me aviséis de inmediato.
―Así se hará Magistrado.
Lesoon abandonó la torre norte satisfecho con la actitud del guardia. Hacía dos días habían avistado un grupo de salteadores arkadios merodeando cerca de la muralla pero no se había notificado ninguna petición de  auxilio, robo o desperfecto en la provincia. Los arkadios eran personajes rudos, corpulentos y orgullosos de sí mismos, que acostumbraban a reconocer territorios que les eran desconocidos o de los que pensaban que podrían obtener algún tipo de beneficio, ya fuera explotándolo o saqueándolo. Estos grupos eran dirigidos por jefes tribales por propia iniciativa, según decían, al margen de las decisiones de Kodran Hersir, rey de Arkadia, por lo que en caso de que actuaran de forma inadecuada, el Reino de Arkadia podía condenar los actos de un jefe en concreto, imponiéndole un castigo, que luego seguramente no cumpliría.
Dirigió sus pasos a la parte alta de la ciudad, al Palacio Supremo de Tiberia. Un magnífico edificio construido en mármol blanco, rodeado de columnas lisas rematadas con capiteles decorados con formas de leones, el animal sagrado de Tiberia. Al entrar saludó a los guardias que al reconocerle separaron de inmediato sus alabardas cruzadas, para dejarle entrar. Atravesó el patio y subió las escaleras con decisión para acceder a la Sala de la Magistratura; una amplia habitación con dos mesas largas y con las paredes cubiertas por estanterías llenas de libros. Dentro le esperaban sus compañeros de Magistratura; Iceatin Lubbo, una mujer de veinticinco años, morena y de aspecto altivo; y Eterindu Bilino, un hombre castaño de treinta años, de voz afónica, de mentalidad práctica y algo tozudo.
Juntos dedicaron buena parte de la mañana a tratar los temas de la ciudad. Eterindu expuso de forma seca que había que intensificar el acopio de materias primas, especialmente de madera y metal,  algo que sin duda era importante para el Reino, pero también para los negocios del propio Eterindu. No obstante, era cierto que durante el invierno se había consumido mucho metal para crear herramientas y madera con la que calentarse, así que a sus compañeros les pareció bien su propuesta. Luego habló sobre la necesidad de fomentar la natalidad ahora que la ciudad se encontraba en calma y con algunos excedentes en alimentos, gracias a las excelentes cosechas del año anterior. Además desde la construcción de los muros de la ciudad hacía diez años, Kobentria se había vuelto una ciudad bastante segura e incluso un buen lugar para vivir. Tanto es así, que cada vez más eran las tribus libres, que emigraban de sus lugares de origen para buscar una nueva vida dentro de este reino. Iceatin y Lossan estaban de acuerdo con Eterindu, y dispusieron que se asegurara la comida y los recursos para todas las familias de la ciudad, especialmente si tenían hijos o hijas. Además se reforzaría la seguridad en las tres provincias de Tiberia, tanto dentro de las ciudades como en los poblados extramuros.
Iceatin relató la llegada de un anciano sureño de nombre Crátilo, que todas las mañanas se dedicaba a vocear por la ciudad, contando las benevolencias y virtudes de una Diosa madre de todo lo que conocemos, una Diosa todopoderosa. Tal anciano afirmaba que esa Diosa, sería madre de nuestros dioses Admes, Basha y Talos; que su poder es enorme y fue ella nuestra creadora. Iceatin reflexionaba sobre esto mientras sus compañeros negaban con la cabeza.
―Otro charlatán―dijo Lesson.
―Este al menos solo se ha tenido que inventar una Diosa, hay quienes predican 30 o 40 dioses, uno para cada cosa―bromeó tímidamente Eterindu.
Iceatin miró de soslayo a Eterindu pensando en lo forzado del comentario, pero no dijo nada.
―Mientras esa Diosa no sea Esira, por mí, no hay problema. De otro modo tendríamos que considerarlo como una intromisión dagoriana en nuestro asuntos, y por  tanto, como una ofensa― apuntó Iceatin.
Zanjaron que mientras el viejo no causara problemas en la ciudad lo dejarían expresar su locura tranquilamente.
Lesson habló finalmente para dar parte de los movimientos de salteadores arkadios en las provincias de Turenia y Kobentria. Se habían avistado al menos cinco de estos grupos merodeando por tierras tiberianas, pero sin causar problemas, al menos aparentemente. Penetraban por la frontera al alba y se retiraban rápidamente al ocaso.
―Quizá la guerra entre Arkadia y Dagoria está desplazando algunas tribus hacia nosotros―comentó Iceatin.
―Quizá, pero no podemos estar seguros del todo. Lo mejor será tenerlos bien vigilados y que no nos pillen desprevenidos― sugirió Lesson.
―Ya habéis oído lo que el propio Lesson ha expuesto, no han habido problemas…― añadió Eterindu.
―Aún― matizó Lesson mientras Iceatin movía la cabeza afirmando.
―… pero también es cierto que no podemos consentir que los arkadios campen a sus anchas por Tiberia. No es bueno ni para los ciudadanos y ciudadanas, ni para los negocios.― terminó Eterindu
Así pues, se llegó al acuerdo de proteger mejor la frontera y vigilar a los grupos arkadios que penetraran en Tiberia, lo que puso fin a la reunión. Las puertas de madera de la Sala de la Magistratura se abrieron y entraron una fila de empleados domésticos portando bandejas de plata llenas de comida. Las dejaron en la mesa libre y se marcharon para dejar a los Magistrados Máximos comer y cerrar los últimos detalles de los temas que habían tratado.