Aquella casa enorme de madera con planta
rectangular y dos alturas, estaba construida sobre las raíces de un titánico
árbol bicentenario de fuertes ramas y vigorosas hojas verdes. Algunos de sus
brazos más bajos se separaban perpendiculares al tronco y habían sido
utilizados como vigas para la Casa. El Árbol de la Vida cobijaba la Casa del
Rey de los arkadios y ellos lo veneraban por eso. Dentro, Kodran Hersir
dictaba leyes y administraba recursos materiales y humanos para su pueblo, amparado
por la sabiduría del Árbol de la Vida.
Aún no había amanecido, pero Akkia ya
llevaba varias horas despierta. Ocultándose en las sombras y aprovechando el
cambio de guardia, se acababa de colar en la casa del mismísimo Kodran, sabía
que si la pillaban se llevaría un buen castigo, pero no le importaba, solo
quería ver a su tío. Su madre había muerto cuando ella nació y su padre,
Thordis, apenas pasaba tiempo con ella, ya que prefería dedicarse a sus asuntos
como uno de los tres señores de Elasgund. Gracias a la ayuda y protección de su
tío, el Rey, no le había faltado nada nunca, pero apenas recordaba las veces
que había podido verlo o hablar con él. Separó las maderas que la noche
anterior había desclavado y se abrió paso al interior de la vivienda. Al entrar
un fuerte olor dulzón la sorprendió, dudó por un instante en proseguir, pero se
tapó la nariz y la boca con la capa para no respirar aquel olor tan fuerte que
le hacía marearse. Se encontraba en una especie de almacén con cajas y tinajas,
nada que le interesara, así que decidió
buscar otra habitación. Atravesó un pequeño pasillo lleno de puertas a ambos
lados y entró por una de ellas al azar,
asegurándose antes de que no se oyera nada en su interior. Estaba en una
estancia amplia llena de armas, armaduras y escudos, así que supuso que sería
la armería. La casa estaba en silencio, solo se oía el crujir de la madera y el
aire que entraba por las ventanas. Allí el olor era más intenso, un humo gris
se colaba entre los listones de madera de las paredes, y su penetrante olor
dulzón empezaba a ser una verdadera molestia, por lo que Akkia tuvo que embozarse
aún más mientras intentaba adivinar su procedencia y su utilidad. Pensaba esto
cuando oyó que, tras llamar a la puerta de la casa, varios hombres entraban y
se dirigían sin contemplaciones a una habitación adyacente a la que ella se
encontraba. Akkia se acercó sigilosamente a una de las paredes de la armería,
la cual tenía una celosía en la parte superior. Entonces se subió a un tronco
de árbol que había en el suelo para ver quiénes eran aquellos hombres y
contemplar la escena. Ante sus ojos, tres hombres enmascarados, de entre
treinta y cuarenta años, armados con espadas cortas y armadura, hicieron una
breve reverencia al Rey, que ya se encontraba en aquella estancia sentado.
―Mi señor, Knut no puede continuar hostigando durante más
tiempo al ejército dagoriano, debemos atacar― dijo tajantemente Sigurd mientras permanecía de pie, tenso
frente al Rey.
―Okrar aún no me ha dado su aprobación…― dijo
Kodran de forma tranquila. Su tío estaba sentado en una imponente silla de
madera con bajorrelieves y tenía un aspecto adormilado posiblemente a causa del
humo que llenaba la habitación. Con una mano sujetaba una copa y con la otra
hacía gestos ridículos y alocados. ―…debemos esperar― añadió casi con desgana.
Los tres hombres que tenía delante, se
miraron asombrados. Ivar agitaba
la cabeza desaprobando la actitud del rey y Hrolf agarraba
del brazo a Sigurd al ver que su enfado había aumentado.
―Señor… no podemos permitir…― empezó a decir
Hrolf, pero fue interrumpido por un hombrecillo anciano y delgaducho, del cual
Akkia aún no se había percatado y que se encontraba al lado de su tío. Ataviado
con una túnica morada casi negra, con la cabeza cubierta por una capucha que no
dejaba ver su cara, se proyectaba como una sombra negra a la derecha de la
silla del Rey.
―El Rey todavía no ha sido visitado por el
Dios de la Guerra― dijo el hombrecillo con tono grave y entrecortado, mientras
clavaba sus ojos verdes en Hrolf. ―Sin embargo Kayya, nuestra Diosa Madre, ha
continuado insistiendo a nuestro señor, de la importancia de encontrar al hijo
de Durnia y Sakarbik― añadió dirigiéndose a los tres, mientras el Rey asentía
de forma tonta a las palabras de aquel anciano.
Al oír el nombre de su madre, un escalofrío
recorrió el cuerpo de Akkia. Los pensamientos se le amontonaron en la cabeza y la
capa que le cubría la cara se le escurrió entre los dedos. Un segundo después ya
era tarde para darse cuenta del error que había cometido, el humo dulzón que
salía de la habitación contigua le invadió la cabeza y las fuerzas le abandonaron
mientras se desplomaba. Cayó encima de unos escudos, que sonaron
estruendosamente. Sigurd, Ivar y Hrolf, no tardaron en presentarse en la armería
para comprobar lo que había producido aquel ruido, allí encontraron
inconsciente a la joven sobrina del Rey, sobre un lecho de escudos y con una
herida en la cabeza.
― ¡Es intolerable que esta espía esté aquí,
burlando nuestra seguridad y escuchando lo que decimos! Quién sabe cuánto ha
escuchado y qué habría hecho con esa información si no la hubiéramos
descubierto― dijo acaloradamente Sigurd con cara de desprecio.
― Mide tus palabras, Sigurd, te recuerdo que
no es una espía, es la sobrina del Rey. Es solo una niña curiosa, no puedes
basarte en los chismorreos de la gente, para hacer unas acusaciones tan graves
― Puntualizó Ivar protegiendo con su cuerpo a la chica.
Hrolf
observaba atento y silencioso la escena, preparado por si tenía que intervenir
separando a aquellos dos hombres.
― Sabes perfectamente de quien es hija esta
espía, ¿y aun así la proteges? Bastante indulgentes hemos sido, durante años,
permitiéndole vivir en nuestro Reino.― añadió Sigurd.
La puerta se abrió y entró el anciano
consejero del Rey. Observó a la chica, la conocía de sobra, era la muchacha que
tarde o temprano acabaría por ser Reina de Arkadia si él fracasaba en su
empresa. A pesar de ello, el pueblo no le tenía mucho cariño a causa de unos
rumores que la marcaban como hija del dictador tiberiano Sakarbik, y le
atribuían un hermano traidor, hijo también de Sakarbik y Durnia. El tiempo se
agotaba para sus propósitos al mismo ritmo que la vida de Kodran se iba
apagando, debía encontrar a Orn, el hermano de esa chiquilla
entrometida, lo antes posible, pensaba mientras se acariciaba la barba blanca. Aunque
todos lo daban por muerto, él tenía la certeza de que estaba vivo, pero no
sabía dónde encontrarlo. Mientras tanto, controlar al rey Kodran, manteniéndolo
drogado, era la prioridad. Cuando encontrara a Orn, lo presentaría como el
legítimo heredero al trono de Arkadia, podría sugerirle una alianza con su
hermanastra Imelda de Dagoria y apoderarse de Tiberia apelando a su derecho de
sucesión.
Akkia seguía inconsciente en el suelo,
mientras los cuatro hombres decidían que hacer con ella. Sigurd insistió en lo
grave de aquella situación, forzando al resto a adoptar una medida de castigo.
Él mismo sugirió que la encarcelarán por un delito de espionaje en la Casa del
Rey de los Arkadios, a lo que Ivar se opuso rotundamente. Por otro lado, Hrolf
se mostró partidario de un castigo menos severo y el viejo consejero Jaddir se
mantuvo al margen. Durante más de media hora, discutieron acaloradamente sobre el castigo que la joven merecía,
acordándose finalmente que fuera enviada a la fortaleza de su padre, lord
Thordis, al norte de Warascum.
El sol ya estaba casi desapareciendo en el
horizonte pero a pesar de ello, algunas montañas podían verse todavía
iluminadas por el rojizo sol del atardecer, mientras las sombras de la noche y
el frio, empezaban a cernirse sobre aquel lugar. El carro donde Akkia iba
dormida, se desplazaba rápido por el camino de piedra que rodeaba una pequeña
montaña, intentando llegar a su destino antes de que anocheciera completamente.
Aunque ya faltaba muy poco, Ivar y los
dos arkadios que iban en el carro, estaban ansiosos por terminar su misión sin
que hubiera ningún problema. Ivar cabalgaba junto al carro con una mano en la
espada y la otra en las riendas, pero portando del antebrazo su escudo
redondo. Terminaron de rodear la
montaña, y atravesaron la llanura que los separaba de la fortaleza, casi ya sin
apenas luz. Las antorchas de la fortaleza estaban encendidas iluminando las
murallas de piedra y en lo alto de las almenas, los guardias hacían su ronda
arco en mano. Se aproximaron al portón principal donde hondeaba el pendón de
lord Thordis y esperaron.
― Bienvenido lord Ivar, es un placer tenerle
aquí. ― El portón se cerró.
― Gracias ¿Dónde está tu señor?― preguntó
Ivar al guardia.
― Mi señor se encuentra en sus aposentos, en
breve les atenderá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario