lunes, 28 de enero de 2013

(Cap. 3) Año 101. Marzo. Poblado de Hersia, Elasgund, Arkadia.



Aquella casa enorme de madera con planta rectangular y dos alturas, estaba construida sobre las raíces de un titánico árbol bicentenario de fuertes ramas y vigorosas hojas verdes. Algunos de sus brazos más bajos se separaban perpendiculares al tronco y habían sido utilizados como vigas para la Casa. El Árbol de la Vida cobijaba la Casa del Rey de los arkadios y ellos lo veneraban por eso. Dentro, Kodran Hersir dictaba leyes y administraba recursos materiales y humanos para su pueblo, amparado por la sabiduría del Árbol de la Vida.
Aún no había amanecido, pero Akkia ya llevaba varias horas despierta. Ocultándose en las sombras y aprovechando el cambio de guardia, se acababa de colar en la casa del mismísimo Kodran, sabía que si la pillaban se llevaría un buen castigo, pero no le importaba, solo quería ver a su tío. Su madre había muerto cuando ella nació y su padre, Thordis, apenas pasaba tiempo con ella, ya que prefería dedicarse a sus asuntos como uno de los tres señores de Elasgund. Gracias a la ayuda y protección de su tío, el Rey, no le había faltado nada nunca, pero apenas recordaba las veces que había podido verlo o hablar con él. Separó las maderas que la noche anterior había desclavado y se abrió paso al interior de la vivienda. Al entrar un fuerte olor dulzón la sorprendió, dudó por un instante en proseguir, pero se tapó la nariz y la boca con la capa para no respirar aquel olor tan fuerte que le hacía marearse. Se encontraba en una especie de almacén con cajas y tinajas,  nada que le interesara, así que decidió buscar otra habitación. Atravesó un pequeño pasillo lleno de puertas a ambos lados y entró por una de ellas al azar,  asegurándose antes de que no se oyera nada en su interior. Estaba en una estancia amplia llena de armas, armaduras y escudos, así que supuso que sería la armería. La casa estaba en silencio, solo se oía el crujir de la madera y el aire que entraba por las ventanas. Allí el olor era más intenso, un humo gris se colaba entre los listones de madera de las paredes, y su penetrante olor dulzón empezaba a ser una verdadera molestia, por lo que Akkia tuvo que embozarse aún más mientras intentaba adivinar su procedencia y su utilidad. Pensaba esto cuando oyó que, tras llamar a la puerta de la casa, varios hombres entraban y se dirigían sin contemplaciones a una habitación adyacente a la que ella se encontraba. Akkia se acercó sigilosamente a una de las paredes de la armería, la cual tenía una celosía en la parte superior. Entonces se subió a un tronco de árbol que había en el suelo para ver quiénes eran aquellos hombres y contemplar la escena. Ante sus ojos, tres hombres enmascarados, de entre treinta y cuarenta años, armados con espadas cortas y armadura, hicieron una breve reverencia al Rey, que ya se encontraba en aquella estancia sentado.
―Mi señor, Knut  no puede continuar hostigando durante más tiempo al ejército dagoriano, debemos atacar― dijo tajantemente Sigurd  mientras permanecía de pie, tenso frente al Rey.
―Okrar aún no me ha dado su aprobación…― dijo Kodran de forma tranquila. Su tío estaba sentado en una imponente silla de madera con bajorrelieves y tenía un aspecto adormilado posiblemente a causa del humo que llenaba la habitación. Con una mano sujetaba una copa y con la otra hacía gestos ridículos y alocados. ―…debemos esperar― añadió casi con desgana.
Los tres hombres que tenía delante, se miraron asombrados. Ivar agitaba la cabeza desaprobando la actitud del rey y Hrolf agarraba del brazo a Sigurd al ver que su enfado había aumentado.
―Señor… no podemos permitir…― empezó a decir Hrolf, pero fue interrumpido por un hombrecillo anciano y delgaducho, del cual Akkia aún no se había percatado y que se encontraba al lado de su tío. Ataviado con una túnica morada casi negra, con la cabeza cubierta por una capucha que no dejaba ver su cara, se proyectaba como una sombra negra a la derecha de la silla del Rey.
―El Rey todavía no ha sido visitado por el Dios de la Guerra― dijo el hombrecillo con tono grave y entrecortado, mientras clavaba sus ojos verdes en Hrolf. ―Sin embargo Kayya, nuestra Diosa Madre, ha continuado insistiendo a nuestro señor, de la importancia de encontrar al hijo de Durnia y Sakarbik― añadió dirigiéndose a los tres, mientras el Rey asentía de forma tonta a las palabras de aquel anciano.
Al oír el nombre de su madre, un escalofrío recorrió el cuerpo de Akkia. Los pensamientos se le amontonaron en la cabeza y la capa que le cubría la cara se le escurrió entre los dedos. Un segundo después ya era tarde para darse cuenta del error que había cometido, el humo dulzón que salía de la habitación contigua le invadió la cabeza y las fuerzas le abandonaron mientras se desplomaba. Cayó encima de unos escudos, que sonaron estruendosamente. Sigurd, Ivar y Hrolf, no tardaron en presentarse en la armería para comprobar lo que había producido aquel ruido, allí encontraron inconsciente a la joven sobrina del Rey, sobre un lecho de escudos y con una herida en la cabeza.
― ¡Es intolerable que esta espía esté aquí, burlando nuestra seguridad y escuchando lo que decimos! Quién sabe cuánto ha escuchado y qué habría hecho con esa información si no la hubiéramos descubierto­­― dijo acaloradamente Sigurd con cara de desprecio.
― Mide tus palabras, Sigurd, te recuerdo que no es una espía, es la sobrina del Rey. Es solo una niña curiosa, no puedes basarte en los chismorreos de la gente, para hacer unas acusaciones tan graves ― Puntualizó Ivar protegiendo con su cuerpo a la chica.
 Hrolf observaba atento y silencioso la escena, preparado por si tenía que intervenir separando a aquellos dos hombres.
― Sabes perfectamente de quien es hija esta espía, ¿y aun así la proteges? Bastante indulgentes hemos sido, durante años, permitiéndole vivir en nuestro Reino.― añadió Sigurd.
La puerta se abrió y entró el anciano consejero del Rey. Observó a la chica, la conocía de sobra, era la muchacha que tarde o temprano acabaría por ser Reina de Arkadia si él fracasaba en su empresa. A pesar de ello, el pueblo no le tenía mucho cariño a causa de unos rumores que la marcaban como hija del dictador tiberiano Sakarbik, y le atribuían un hermano traidor, hijo también de Sakarbik y Durnia. El tiempo se agotaba para sus propósitos al mismo ritmo que la vida de Kodran se iba apagando, debía encontrar a Orn, el hermano de esa chiquilla entrometida, lo antes posible, pensaba mientras se acariciaba la barba blanca. Aunque todos lo daban por muerto, él tenía la certeza de que estaba vivo, pero no sabía dónde encontrarlo. Mientras tanto, controlar al rey Kodran, manteniéndolo drogado, era la prioridad. Cuando encontrara a Orn, lo presentaría como el legítimo heredero al trono de Arkadia, podría sugerirle una alianza con su hermanastra Imelda de Dagoria y apoderarse de Tiberia apelando a su derecho de sucesión.
Akkia seguía inconsciente en el suelo, mientras los cuatro hombres decidían que hacer con ella. Sigurd insistió en lo grave de aquella situación, forzando al resto a adoptar una medida de castigo. Él mismo sugirió que la encarcelarán por un delito de espionaje en la Casa del Rey de los Arkadios, a lo que Ivar se opuso rotundamente. Por otro lado, Hrolf se mostró partidario de un castigo menos severo y el viejo consejero Jaddir se mantuvo al margen. Durante más de media hora, discutieron acaloradamente  sobre el castigo que la joven merecía, acordándose finalmente que fuera enviada a la fortaleza de su padre, lord Thordis, al norte de Warascum.
El sol ya estaba casi desapareciendo en el horizonte pero a pesar de ello, algunas montañas podían verse todavía iluminadas por el rojizo sol del atardecer, mientras las sombras de la noche y el frio, empezaban a cernirse sobre aquel lugar. El carro donde Akkia iba dormida, se desplazaba rápido por el camino de piedra que rodeaba una pequeña montaña, intentando llegar a su destino antes de que anocheciera completamente.  Aunque ya faltaba muy poco, Ivar y los dos arkadios que iban en el carro, estaban ansiosos por terminar su misión sin que hubiera ningún problema. Ivar cabalgaba junto al carro con una mano en la espada y la otra en las riendas, pero portando del antebrazo su escudo redondo.  Terminaron de rodear la montaña, y atravesaron la llanura que los separaba de la fortaleza, casi ya sin apenas luz. Las antorchas de la fortaleza estaban encendidas iluminando las murallas de piedra y en lo alto de las almenas, los guardias hacían su ronda arco en mano. Se aproximaron al portón principal donde hondeaba el pendón de lord Thordis y esperaron.
― Bienvenido lord Ivar, es un placer tenerle aquí. ― El portón se cerró.
― Gracias ¿Dónde está tu señor?― preguntó Ivar al guardia.
― Mi señor se encuentra en sus aposentos, en breve les atenderá.

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